La última carrera

Ese domingo de diciembre se definía el campeonato de rally nacional y estaba a punto de ser declarado campeón de la categoría. Pero para lograrlo tenía que ganar esa carrera, sino no sumaba los puntos necesarios para obtener el título.

Toda la semana me pasé preparando el auto. Revisando el motor, la caja de cambios, el diferencial, las suspensiones y hasta el chasis. Todo parecía estar en orden, pero igual seguía intranquilo.

Me estaba jugando una carta brava. Era un novato en la categoría y estaba a punto de ser el campeón. En ese campeonato estaba dejando atrás a muchos veteranos, y al parecer a algunos no les resultaba nada simpático.

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Algunos comentarios, de terceros, me lo hicieron saber. Otros me lo dijeron en la cara. No podían concebir que un recién llegado, un “nuevito”, como me decían, estuviera por arrebatarle el séptimo campeonato a Nicola Rodríguez. De este personaje se decían cosas feas, muy feas.

Desde que metía el perro en el reglamento con su auto, hasta que te sacaba de la carrera porque le querías ganar. Todos dejaban hacer. Hasta que llegó el “nuevito”, o sea yo, y un aire fresco comenzó a correr en las pistas.

Pero no porque fuera mi persona, sino porque inconscientemente, al querer competir con el reglamento en la mano, y el auto en condiciones, se comenzaron a notar las diferencias. Peor en mi caso que corría con un auto viejo que había comprado en un descarte.

Ya nadie lo quería correr. Lo desarmé, lo preparé, lo modernicé, hasta donde pudo mi bolsillo, y me largué a correr. Primera carrera, primer triunfo. Ya desde el arranque quedó en claro que venía a competir, sin trampas.

Y las hubo a lo largo de todo el año. Desde motores tocados hasta vuelcos espectaculares o sacadas de pistas con autazo incluido. Por momentos Nicola Rodríguez parecía un personaje sacado de una historieta, o dibujo animado. Me recordaba a Pierre Nodoyuna, como lo conocimos en la versión hispana en aquellos dibujos inolvidables.

Pero me las ingeniaba para salir airoso y ganar la carrera, o al menos estar entre los tres primeros. Claro que Rodríguez también estaba en el podio. Soportando mi presencia sin poder hacer nada, que no fuera legal para sacarme del campeonato.

Así estaban dadas las condiciones para ese domingo en los primeros días de diciembre y con mucho calor en el clima. Calor que también estaba presente en la pista. En especial en el circuito que había sido elegido para finalizar el campeonato. Los viejos corredores lo habían bautizado: “La pista de la muerte”.

En el pasado varios autos habían terminado sus días en algunas de sus curvas o caído desde algunos de sus puentes. Era un circuito que mezclaba todo. Desde el asfalto de la ruta hasta llegar a una ciudad con el barro de los caminos de tierra. Pero no se olvidaron del agua, ni del desierto.

Era como un Dakar a escala pequeña. Una verdadera tortura para los pilotos y los autos. Muchos de ellos terminaban en un estado calamitoso. Había visto como espectador alguna final. Pero ahora estaba detrás del volante de un auto de rally nacional y a punto de salir campeón.

Por eso fue que repasé todo el auto e incluso reforcé partes que antes nunca había hecho. Todo dentro del reglamento. Como el agregado de un amortiguador más por rueda. Mejoré los resortes y le coloqué neumáticos muchos más resistentes.

No sería fácil la tarea de ganar la carrera y Rodríguez se encargaría de joderme las cosas. No solo sería lidiar con el circuito, sino que también tendría que hacerlo contra mi rival y los demás que querían llegar primero.

Éramos cuatro en condiciones de ganar el campeonato por primera vez en seis años. Y todo gracias al “nuevito”. Ahora entienden el odio de algunos y la simpatía de otros. El público solía ovacionarme. Veían la renovación en un piloto nuevo con un viejo auto. Algo raro de entender desde afuera de la categoría.

Llegó la hora de la partida. Por esas cosas de las clasificaciones me dejaron en el quinto puesto. Algo de mano negra hubo en eso. Creo que buscaban desde el principio de la competencia que no llegara primero. Tendría que demostrarle lo contrario. Las posibilidades estaban dadas. Ahora el auto y el piloto debían demostrarlo.

Largamos con la diferencia de segundos reglamentaria para cada auto y ahí estaba tratando de ganar posiciones. Las vueltas a ese circuito serían muchas, 65 para ser exactos. Lo que se dice una carrera ardua. En 15 vueltas ya estaba cuarto y así fui remontando lugares hasta quedar tercero.

Lograr el segundo lugar me demandó como 20 vueltas más. Es decir que al promediar la carrera estaba detrás de Nicola Rodríguez y las tribunas estallaban a mi paso. Tenía, decididamente, al público a mi favor. Ahora era cuestión del desgaste del puntero.

Rodríguez lo sabía perfectamente y era lo que quiso evitar desde la largada por eso me hizo poner en quinto lugar. Delante de mí puso a cuatro tipos sucios para correr que trataron por todos los medios de sacarme fuera de la carrera. Uno terminó estampado contra un árbol y el otro dentro de uno de los ríos. Fin de la carrera para ambos y fin del campeonato. Eran los otros dos que tenían posibilidades de llegar primeros.

Ahora era una lucha personal con Rodríguez. Y así era entendido por el público de las tribunas que solo tenía ojos para los dos autos de la punta de la carrera. En ese momento empezó la verdadera carrera para mi auto.

El “nuevito” comenzó a hostigar al puntero. Me le tiraba por un lado y me cambiaba al otro. Lo amenazaba en la curva y lo obligaba a doblar cruzado. Buscaba que su auto sufriera el esfuerzo. Pero el mío también se resentía. Ya notaba que el tren delantero estaba flojo.

No doblaba con la precisión del inicio de la carrera. Pronto toda la suspensión comenzaría a flaquear. Pero no le daba respiro a Rodríguez. Su auto se iba mucho en las curvas. No podía evitar que se le fuera de cola. Eso estaba pulverizando sus neumáticos traseros. En especial en el ripio.

En la próxima pasada por ese terreno pedregoso lo iba a pasar. Lo seguí molestando el resto de la vuelta. Se notaba que estaba nervioso. Encima las cámaras de televisión solo tenían ojos para los dos autos de la punta. El resto del pelotón, compacto, por cierto, estaba en otra carrera.

De esta forma Rodríguez estaba a merced de su talento frente al volante y no de sus trampas. Es decir que estaba en un callejón sin salida. O corría mejor que mi auto, o se dejaba pasar.

Llegó el ripio y me le pegué hasta casi tocarlo. Parecíamos un trencito. Ante la menor coleada que realizara era hombre muerto. Así fue. Entró muy rápido en la curva del sauce y la cola de su auto se atravesó totalmente. El volantazo mío a la izquierda y lo pasé en una maniobra limpia.

El estallido de la tribuna lo dijo todo. Era el nuevo líder de la carrera y futuro campeón de rally nacional. Pero no todo estaba dicho. Pisé a fondo mi auto al salir de la curva y vi como se quedaba atrás el auto de Rodríguez.

Tenía que marcar una buena diferencia de segundos si quería ganar. Mi auto no era el mismo antes de la largada. La suspensión trasera estaba resentida y uno de los amortiguadores de la rueda derecha había perdido efectividad. Lo notaba en las curvas.

Pronto el segundo amortiguador se resentiría. Tampoco los neumáticos eran una maravilla. El delantero izquierdo acusaba desgaste se notaba al doblar para su lado. El problema era, al parecer, que la parrilla de suspensión estaba algo torcida, no me iba a bajar en plena carrera para revisarla.

No era de extrañar después de las vueltas de acoso al auto de Rodríguez. Algún precio había que pagar. Motor y caja eran un relojito por ahora. Motor sobraba, eso lo sabía de antemano. Siempre fue mucho motor para ese chasis con esa carrocería.

Lo pisé más para ver cómo respondía y nada. El auto salió disparado en la larga recta de las tribunas. El griterío del público ante mi paso me erizó la piel. No podía defraudarlos. Así que mantuve el ritmo con un ojo en la ruta y otro en mi perseguidor. Tenía que ganar para demostrarles a todos que un cambio era posible en la categoría.

Así venía y solo faltaban 5 vueltas cuando la caja comenzó con un zumbido nada halagüeño. El motor un reloj, pero algo en la caja no andaba nada bien. Esperaba que aguantara hasta el final. Estaba muy cerca. El ruido era infernal y decidí bajar un cambio.

El ruido desapareció pero la velocidad mermó algo y el motor aumentó sus revoluciones. Sabía que a ese ritmo no aguantaría muchas vueltas más. La caja había sufrido las consecuencias de la caza del auto de Rodríguez. Y la quinta había dejado de existir.

Sería en cuarta que ganaría la carrera. Al menos eso esperaba. Pero el ritmo de marcha bajó y al poco tiempo comencé a divisar la silueta del auto de Rodríguez. Serían las tres vueltas más largas de la historia del rally nacional.

Lo dejé que se me acercara. Si lo tenía pisándome los talones, lo controlaría mejor. Con la caja jodida y todo. Por ahora el motor respondía a su máxima potencia. Solo rogaba que aguantara tres vueltas más.

Una exclamación se oyó en las tribunas ante el acercamiento de Rodríguez. Pero lo iba a dejar creer que podía ganar. Y así lo hacía, le dejaba espacio para que me pasara y lo tapaba. Todo legal. Nada de trampas. El tipo se estaba poniendo más nervioso que antes.

Tenía que encontrar la forma de sacármelo de encima y lo descubrí en una curva en el mismo ripio que lo pasé. En la penúltima vuelta intenté la maniobra y no salió. El tipo no se animó a pasarme. Bueno si podía mantenerlo atrás de mí terminaba la carrera como campeón.

Dimos toda esa vuelta y al pasar por la recta principal el banderazo nos indicó que era la última vuelta. Pisé a fondo mi auto. Era todo o nada. Salí disparado delante de Rodríguez que no habrá entendido nada.

Y así fue porque salió a cazarme. Justo lo que esperaba para la última vuelta. Ya sabía claramente en qué curva haría la maniobra. El ripio se había deteriorado mucho con el paso de los autos en la carrera.

La idea era dejarle la parte interna de esa curva fatídica a Rodríguez y mi auto colocarlo por fuera. Eso le daba la idea que me podía pasar a solo metros de la llegada y la obtención del campeonato. Pero, siempre hay un pero.

Llegamos a la curva y me abrí. Otra exclamación en las tribunas. A esta altura de la carrera muchos no tendrían uñas que morder… Le dejé el paso libre a Rodríguez y frené. El tipo se mandó dentro de la curva como venía. Con sus suspensiones castigadas y sus neumáticos traseros inservibles.

Fue la llave mágica y ver como se le desacomodaba la cola yéndose hacia el otro lado de la pista, justo delante de la trompa de mi auto. Al acelerarlo para corregir la maniobra el ripio suelto por el constante paso de los autos comenzó a volar para todos lados.

En ese preciso momento un volantazo hacia la izquierda, el segundo de la carrera, me puso fuera del trompo que comenzaba a dar Rodríguez con su auto y salí disparado hacia la meta final. Mi problema estaba resuelto. Ahora era el séxtuple campeón quien debía demostrar sus habilidades conductivas.

No lo logró y para cuando llegó el tercero al lugar del trompo el auto de Rodríguez estaba abrazado a un árbol, como a un rencor, como dice el viejo tango. Con lo cual se quedó sin auto y sin campeonato.

El choque fue tan grande que el auto de Rodríguez no sirvió más, ni siquiera el motor que se partió al medio en el impacto. Luego me enteré que había acelerado más al entrar en la curva con la idea de perderme. Eso fue peor para el impacto. Los neumáticos traseros lisos como piel de bebé hicieron el resto.

La ovación de las tribunas ante el banderazo final resonó en mi cabeza por varios días. Nadie daba un peso por el “nuevito” al inicio de la temporada. Ahora me están buscando de dos, o tres, equipos oficiales.

Tal vez corra para algunos de ellos en la próxima temporada de rally nacional a radio control. Parece que Nicola Rodríguez no correrá más. Algunos cuentan que dijo: “a nacido una nueva estrella del radio control”.

Mauricio Uldane

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